30.5.13

Es para reflexionar ...

El viaje que hace trece  años y medio  hicimos a China para recoger a nuestra primera hija, aparte de toda la carga emocional que suponía en sí por tenerla en  brazos  después de años de espera, también supuso una intensa toma de conciencia de nuestra, podríamos decir,  "humanidad". Ver una sociedad tan diferente en las formas, y en muchas cosas también en el fondo,  me hizo tomar conciencia de nuestra evolución, nuestra deriva como país al empezar a comparar y evaluar de manera constante la realidad que nos rodea y la que se vive en ese país tan fascinante de donde proceden nuestras hijas.
Comparación constante entre España y China y valoración de los que nos une, lo que antes teníamos y ahora no, lo que ellos van perdiendo, lo que nosotros hemos ganado con el tiempo...
 Recuerdo que después de diez días empapándome de una China a la que no sabía cuando volvería a regresar, "aterricé" de nuevo en la cotidianidad de mi escuela, de la vida en mi ciudad, de las relaciones con mis vecinos, familiares y amigos. En mi mente fluían imágenes  de China constantemente y en relación a ellas reflexionaba y  analizaba lo que hacía, lo que veía aquí e intentaba hacer un ejercicio de evaluación.
Hoy voy a comentar algo en lo referente a mi profesión de maestro. Me costó mucho trabajo y tiempo aceptar que el camino, la senda que en materia educativa estábamos transitando y que yo creía la única posible, y que  aceptaba hasta entonces como la más natural y lógica no era la más apropiada si lo que queríamos es formar personas socialmente integradas y armónicas.
Hasta ese viaje que cambió nuestras vidas no veía, o no quería ver, que nuestro modelo educativo no se encaminaba en la mejor dirección. Por poner algún ejemplo, empecé a sentirme extraño entre personas que sin la menor objeción aceptaban que muchos de nuestros alumnos fuesen indisciplinados, que no se trabajase en la conciencia de que la libertad personal exige respeto a los demás y sobre todo al maestro.
Estar rodeado de niños  que vivían en una abundancia que no era  convenientemente manejada les llevaba a ser caprichosos  en muchas circunstancias, indolentes y faltos  de un mínimo recato a la hora de relacionarse y frenar sus impulsos. Niños un tanto egoístas y como he dicho antes, caprichosos.
Una generación que todo lo tenía en abundancia y a la que sus padres no educaban en el esfuerzo, el respeto a sí mismos, el amor propio y el afán de superación.
Es duro darse cuenta que en muchas ocasiones, todo tu esfuerzo es estéril. Cuando alguien no respeta a sus compañeros, a sus maestro o a sus padres, no se respeta así mismo y así no hay progreso posible.
Cuesta trabajo aceptar y adaptarse a nuestro modelo educativo, en el que prima la voluntad de los "clientes"  que son los padres, como no hace mucho escuché a un inspector de educación  decir.
Cuesta trabajo atajar los problemas y las soluciones no son fáciles, pero hay que dar pasos en la dirección correcta y eso no se hace.
Me resultaba del todo sorprendente  que todo el mundo aceptase sin planteamiento crítico alguno que, por ejemplo, los jóvenes hiciesen «botellón» como algo inevitable y natural . Algo intrínseco a la edad que había que tolerar, minimizando las consecuencias del mismo, tanto en materia de salud como de convivencia. Han pasado los años y todo ha ido empeorando.
Estamos de feria en Córdoba y hoy leo en la prensa local que ayer miles de jóvenes se concentraron en un «botellón» masivo al que fueron dirigidos por la policía local, que según introducciones recibidas por el actual equipo de gobierno municipal, debían impedir el acceso con bebidas alcohólicas al recinto ferial y concentrarlos en las proximidades. Lo que este equipo de gobierno criticaba en el pasado ahora practica y lo que el pasado equipo municipal toleró y fomentó ahora cuestiona. Cuando una desgracia ocurra y las responsabilidades se exijan , quizás entonces habrá voluntad de empezar a cambiar.

                                       "botellón"  Foto "El Día de Córdoba"

Desde que regresé de China en mi primer viaje, siempre he pensado que ese "botellón" que nos distingue de otros países  es el síntoma claro de una enfermedad social que no parece querer atajarse.
El botellón y como es afrontado por parte de autoridades, padres y sociedad en general refleja  muy claramente nuestro modelo educativo, nuestros valores  como sociedad.

La educación que es lo que nos podría empezar a cambiar, no vive sus mejores horas. Nuestras hijas empiezan a vivir en una sociedad que empieza a ser peor que la que vivieron sus padres y, o se produce un cambio de rumbo radical o esto será un «sálvese quien pueda» nada edificante.

 Me ha venido a la mente está escena que ahora reproduzco de la serie de la BBC llamada «Chinese School» donde con cierta   dureza, mediante una humillación pública (muy criticable y que yo jamás haría)  se enseña el valor del respeto a sí mismo y a los demás  a través de los objetos de uso común y/o particular. Si algo chocante para nosotros es esa imagen de humillación. ¿Qué pensarían esos mismos niños chinos, o sus profesores o sus padres ante la imagen cotidiana de falta de respeto de ciertos niños hacia sus maestros, del deprecio hacia  su  trabajo de muchos padres y de la propia administración educativa en muchas ocasiones? ¿Y ante las lamentables escenas durante y después de un botellón?
Es para reflexionar.







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