20.2.11

Llevarse a casa la tensión del trabajo


Cuando uno se equivoca, lo mejor es aceptarlo y aprender de ello.
No somos padres perfectos y pretenderlo puede complicarnos la vida. El otro día lo pasé mal porque , supongo que a vosotros amables lectores os habrá sucedido en alguna ocasión,  al volver a casa tras un duro día en el colegio, mi trabajo,  reprendí a mi hija mayor por algo que, bien mirado,  no era tan importante. Se puede decir que me "pasé de rosca".  En el relax de casa, con un fin de semana por delante y sin la presión del trabajo, no soporté un leve acto de desorden y sobreactué de la peor manera posible gritando encolerizado.  Me di cuenta del error en cuanto mi hija no discutió como en otras ocasiones, cuando mantenemos un pulso sutil donde ambos sabemos que al final, su protesta no deja de ser sólo pataleo, puesto que ella sabe que lo que digo es lo correcto.
Esta vez no. No discutió. Se puso seria, bajó un poco la cabeza, cerró los ojos y al poco, una lágrima empezó a bajar por su rostro.  Me sentí fatal.
Analizando la situación a posteriori me he dado cuenta que la excesiva tensión del trabajo es la causante de ese error cometido por mí en el trato con mi hija.

Como las equivocaciones forman parte del aprendizaje y sin éstas difícilmente se progresa, intentar evitarlas al máximo y procurar aprender de ellas es la garantía del progreso, en todos los terrenos, en todas las materias , en todas las edades, por eso de ahora en adelante, sabiendo donde está el error,  procuraré de algún modo "encenderme una alarma en mi interior" cuando detecte sobreactuación, inercia dañina de mi trabajo.
Lo que me pasa en la escuela donde trabajo no debo pagarlo con mi familia. Es un propósito firme.

Sin que sirva de excusa, es comprensible por qué la tensión me la llevo a casa también, paso a explicarlo:

Mi trabajo de maestro, a la vez que relajado y en ocasiones entusiasta, me exige estar alerta de un modo constante e intentar cometer el menor  número de errores posibles. Permanentemente me exige un delicado y a veces imposible equilibrio entre afecto, cordialidad y firmeza. En muchas  ocasiones y a diario,  debo sobreactuar para resaltar, centrar y también  enmendar  o desviar la atención. En cada jornada, y varias veces  debo hacer de juez imparcial en pequeños conflictos y dictar sentencias justas, con poco tiempo para hacer hacer diligencias. Todos los días debo resolver muchos conflictos a modo de "juicios rápidos".
Además de todo esto debo enseñar  a un grupo grande de alumnos (excesivamente grande y heterogéneo con unas diferencias entre ellos  de nivel y actitud  enormes) la materia que se tercie, progresando en el programa de la asignatura y corrigiendo trabajos, exámenes y atendiendo a peticiones de información de padres, cuando no de exigencias un tanto fuera de lugar, ante las que también debo mantener ese delicado equilibrio de ayudar  a padres un tanto despistados o bastante a veces, exigentes o negligentes  en ocasiones  con sus hijos y mostrarse firme sin dejar de ser compresivo con las circunstancias.

También a diario  debo lidiar con la Administración y su obsesivo control del proceso educativo, que con la aparente intención (quiero pensar que sus intenciones son buenas) de mejorar resultados , nos atosiga a base de burocracia innecesaria, papeleo inútil y programas y proyectos que no sirven para nada o poco, mientras el sistema actual no cambie de modo radical. Salvo para mantener la apariencia y la mediocridad, sólo nos lleva a restarnos energía de lo verdaderamente importante que es enseñar.

Hoy dos días después, con más sosiego, una vez corregidos los exámenes de un par de clases  y habiendo disfrutado de algunas cosas que me gustan y me relajan, me preparo para una nueva semana en la que cuando acabe , haré balance de mi grado de "desconexión".
Repetiré a modo de mantra:

No eres perfecto. Aprende de tus errores. 
Riñe cuando debas pero sin pasarte.
Relájate y disfruta de las cosas.

15.2.11

"El rey de los niños" de Chen Kaige



"Wang Fu, desde hoy no copies nada en el diccionario"

El protagonista de esta hermosa y poética película deja escrita esta frase  a su alumno más brillante antes de partir para siempre de la escuela rural  a la que habían  destinado en un lugar remoto del sur de China.
Son los años de la Revolución Cultural y miles de jóvenes son enviados a los lugares más apartados de China para ser reeducados  en los "valores del campesinado, vanguardia de la revolución" en "brigadas de trabajo".
La película , de 1987, en mi opinión,  es de una exquisita belleza. Paisaje y personas evocan (como sólo la poesía sabe hacer) ideas sencillas pero de extraordinaria potencia.
La sonrisa del protagonista y su entusiasmo en el acto de enseñar es de una gran  hermosura.
Yo, maestro desde hace casi treinta años, me he sentido identificado con ese joven que a la par que se muestra inseguro, trasmite con convicción   su idea sencilla en el planteamiento, pero nada fácil de llevar a cabo, de que aprender-enseñar es un acto de descubrimiento permanente y de exploración constante y que el maestro, cuando comparte su fascinación por el saber con sus alumnos, realiza uno de los actos más trascendentes en toda la historia humana.
Intemporal es  ese acto de formar personas, buscando que cada cual aprenda a ser él y tener permanentemente  curiosidad por las cosas, como lo es también el de mostrarse rebelde con los métodos que no busca hacer personas que crezcan en libertad y desarrollen su creatividad,   sino simplemente mediocres ilustrados.
En un momento de la película, el director de la escuela le pregunta por "el manual" y él joven maestro responde que no lo ha seguido porque es "inútil".  Antes de esto, cuando los otros jóvenes que comparten  con el maestro este exilio forzoso  le visitan, se sientan en el aula a modo de alumnos y recitan rítmicamente , según el "manual" y con clara intención de mofa...  " Había una vez una montaña en la que había un monasterio en el que vivía un monje que contaba un cuento que empezaba... había una vez una montaña..."



En mi humilde opinión, "El rey de los niños", es  una poética y hermosa película para disfrutar sin prisas y dejándose llevar ante un paisaje extraordinario. Por ejemplo,  en algunas escenas,  el cielo domina casi por completo la pantalla y  los humanos se mueven pequeños, formando parte de la grandiosidad y donde también profesores y alumnos,  sin nada, extremadamente pobres y desarrapados  se nos muestran  sonrientes y felices en su cotidiana   tarea de aprender-enseñar.
 Comienza la película con el plano de  la escuela en una colina en un grandioso amanecer  mientras suena una melodía que dice:


"Madrugo 
... y veo que el sol
 ... está subiendo.
El cielo es alto.
El suelo es ancho."



1.2.11

del Tigre al Conejo



Los años pasan a gran velocidad y parece que fue ayer cuando comenzaba el Año del Tigre que ahora termina. 
Va todo tan rápido....
Este año, entre muchas otras cosas, algunas en lo personal muy gratificantes, ha sido  en el que hemos tomado conciencia todos de lo mal que nos va  como país, como sociedad...
Entre otras  lo noto por ejemplo en que, como hago desde hace muchísimos años, nada más despertar conecto la radio y remoloneo unos minutos escuchando las  noticias y ahora pienso que voy a tener que cambiar la costumbre e informarme a otras horas, ya que en este  último año  parece que todo va a peor y, la verdad,  esas no son maneras de empezar el día. Si ya es difícil que un medio informativo, en circunstancias normales se nutra de noticias positivas, en tiempos de crisis como los que ahora pasamos, eso es casi imposible.
Yo, de natural optimista, estoy empezando a dejar de serlo y eso me preocupa. Me sorprendo a mí mismo dejándome llevar por la desesperanza. Me asusta la idea de que nuestras hijas sean la primera generación que va a vivir peor que nosotros, sus padres, que vivimos mejor que nuestros padres y éstos, a la vez, mejor que lo estuvieron nuestros abuelos...
Oh quizás no, y esté equivocado. Es lo que más deseo y en ese deseo de equivocarme  radica mi esperanza. 

Tengo un propósito para este nuevo año, y es que  creo que voy a escuchar menos tertulias y más música y leer menos noticias y análisis políticos y más novelas ...

Creo que es lo más sano.  Cada cual debe buscar la mejor manera de no dejarse arrastrar por la pesadumbre  y así , ahora me acuerdo de los que "se evaden" cuando las cosas se tuercen buscando el sosiego (no para huir, sino para tomar aire)   y escriben bellos poemas como este de  Li Kiu Ling .  Como él, aunque sea con la imaginación,  levanto mi cabaña en un lugar agradable...


En la región de las nubes espesas levanté mi cabaña,
en el polvo del mundo se pierden ya mis huellas, me alejo 
sin cesar.
No me preguntes como paso el tiempo.
Ante mi ventana corre el agua del arroyo, en la cabecera del
lecho me acompañan mis libros...


¡Feliz  4709, año del Conejo!

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