30.8.06

Huir de la ciudad - Huir del campo


Cuando yo era un niño, lo que "molaba" era ser de ciudad, y cuanto más grande fuese mejor.
Era la época de los Planes de Desarrollo de López Rodó y las ciudades y la costa veían aumentar su población en detrimento de las zonas rurales, que literalmente eran abandonadas. Los barrios de las ciudades crecían a un ritmo vertiginoso y la figura del que había huído del campo por no ver futuro en él pasaba a ser el paleto, el cateto de pueblo objeto de chiste. Los ya asentados en la ciudad se mofaban del recien llegado, se reían de sus formas pueblerinas por lo que tenían de ingenuo y poco adaptado al nuevo medio.



Muchas películas de la época reflejaban esta situación. Recuerdo por ejemplo las protagonizadas por Paco Martínez Soria, Alfredo Landa y otros.
Ahora en China se da una situación similar, en tanto que las ciudades se llenan de campesinos que huyen del campo y duramente se ganan el sustento, malviviendo y sufriendo en muchas ocasiones la discriminación de los ya asentados urbanitas.
Mientras en Europa el campo se asocia a lo idílico: a la naturaleza, a los bellos paisajes, a la tranquilidad... en China se asocia al atraso, a las dificultades y a la pobreza. En Europa se tiende a volver al campo y en China a huir del campo. Todo tiene su momento y quizás a China le pase como a España, el futuro dirá.

Sobre este tema recomiendo leer el magnífico "El Diario de Ma Yan" que retrata a la perfección las dificultades de vivir en el campo en China hoy, y todo lo que eso supone a principios del siglo XXI . Y sobre los campesinos que emigran a las ciudades y la lucha por sobrevivir en ellas, la estupenda película "La Bicicleta de Pekín"

27.8.06

Principios elevados, costumbres deplorables




Soy uno de esos envidiados trabajadores que pueden permitirse el lujo de disfrutar de largas vacaciones (también han sido de vacaciones alejado del ordenador) y sí, las he aprovechado "a tope": viajar, descansar, no hacer nada, disfrutar de la familia todos juntos, leer (mucho leer) ver películas, hacer fotos,...
Son muchas cosas para comentar, así que hoy empezaré por lo último.
He leído el libro "El palaquín de las lágrimas" de Chow Ching Lie (también hay una película en francés que dirigió Jacques Dorfmann en 1987 basada en el libro )


Me ha gustado mucho y lo "he devorado" en un par de días. Es la autobiografía de esta mujer en China (hasta su partida hasta Francia) Cuenta el libro como era la vida en China en los años previos a la creación de la República Popular y en los primeros años de ésta, antes de la Revolución Cultural. Destaco (y me emociona por la parte que me toca) la descripción que hace de la terrible y absoluta sumisión de la mujer. Del trágico destino de muchas chicas que eran vendidas de una forma u otra, sea en sentido literal o camuflado en forma de matrimonio concertado. Chow Ching Lie lo expone con toda crudeza y uno no tienes más remedio que sentir compasión y rabia por la injusticia que se cometía con tantas niñas en un infierno de sumisión total y de maltrato en muchas ocasiones.
Es terrible ver como muchas veces las tradiciones (y esto vale para todos los lugares y épocas) pervierten los principios que las originaron y sustentaron y degeneran hasta lo inimaginable. Del respeto a los mayores, a los padres, tan confuciano, tan sensato, se pasa a injustas tradiciones de casi (o sin casi) esclavitud . Chow Chig Lie lo expone así:

He nacido en la China de la miseria y de las lágrimas. Niña aún, sufrí y lloré desde muy pronto. Era bonita: esto no es un mérito, pero fue una maldición. De haber sido fea y deforme, sin duda no me hubiesen casado a la fuerza cuando tenía trece años. Pero mi desgracia no procedía sólo de mi belleza, sino que representaba la imagen de un vasto país, en el que no era bueno vivir, en donde no era bueno, sobre todo, nacer si se tenía la desgracia de ser una niña. Yo hubiese podido venir al mundo de una familia pobre en la que, al nacer, me hubieran envuelto en unos trapos y tirado a la basura. ¿Qué es más cruel, ahogar al nacer a una niña, o más tarde, no pudiendo criarla, venderla para que llegara a ser pupila de una de las casas de lenocinio de la Calle Cuarta de Shanghai? Esto que digo no data de la Edad Media: era la suerte de la china a mediados del siglo xx y más exactamente hasta Mao Tse-tung quien, en 1950, dictó la primera ley prohibiendo, entre otras cosas, la matanza de los recién nacidos, así como los matrimonios a la fuerza y el abuso de poder de las suegras, plagas tan dolorosas en el país como las inundaciones y las hambres.

[...]

Los dos niños nadaban en el río cuando les echó la vista encima una vieja casamentera. Esta era una profesión a la que se dedicaban personas de uno u otro sexo, buscadas y despreciadas a la vez. Nuestra casamentera, viendo a los dos chiquillos, corrió a casa de una viuda de la vecindad que tenía una niña de cuatro años, y la llevó hasta la orilla del río, diciéndole: «Mira a esos dos niños. Sin duda son de buena familia y hasta ricos, ya que su padre acaba de venir de Shanghai para hacerse aquí su casa. Escoge de los dos al que prefieras para tu hija y deja lo demás de mi cuenta.» La pobre viuda miró jugar a los dos niños y señaló con el dedo al mayor, al que había de ser mi padre. Le prefirió al otro porque tenía la piel más blanca. (Por extraño que parezca, para los chinos de aquella época, la piel blanca, blanca como la de los extranjeros, era un ideal de belleza envidiable. Así, se decía que en la mujer había tres bellezas: la de los ojos, la de la nariz y la de la boca, pero que la piel blanca valía por las tres.) En cuanto a mí se refiere, bendigo su elección, pues el otro niño, mi futuro tío era un pobre de espíritu desde su nacimiento y no mejoró mucho con el tiempo.

A continuación, la casamentera se presentó en casa de mi abuelo para colocarle su discurso:

—Querido Tsu Hon, hay en la vecindad una niña monísima. Su madre es viuda, pero muy seria. Es una buena cosa para vuestra familia, ya que sin ser rica, no es frivola. Y como es trabajadora, la hija lo será también. Yo creo que resultaría conveniente para vosotros que se comprometiera con vuestro hijo.

Mi abuelo fue a ver a la niña. La encontró agradable y el asunto se resolvió inmediatamente. Y así fue como mi padre y mi madre se prometieron a la edad de seis y de cuatro años.
A la casamentera la pagaban las familias en el momento de los esponsales. Pero los prometidos, que casi nunca sabían nada de su situación, sólo se conocían en vísperas de la boda. En aquellos tiempos, jamás se rompía un compromiso de esta clase. No cumplir la palabra dada era una vergüenza y un escándalo.

Una vez prometida, Tsong Hai, mi futura madre, permaneció en Cantón. Tsu Hon enviaba dinero a la madre de la pequeña a fin de que ésta pudiese ir a la escuela primaria, en la que se le hizo estudiar tan sólo seis años: una niña no debía estudiar demasiado. ¿No se decía entre nosotros que «mujer que sabe poco tiene mucha virtud»? Y como la virtud era ante todo la obediencia, se pensaba que cuanto menos instruida, una mujer se consagraba más a su hogar, a sus hijos y sobre todo a su amo y señor: el marido. Así pues, Tsong Hai, después de los años de escuela, permanecería en su casa, en la que aprendería con su madre a tejer a mano y a máquina, hasta los dieciséis años, edad en la que se casaría.

[...]

Esta era una de las prácticas anticuadas corrientes todavía en el suburbio de Kuangtong, en donde los pobres vendían a sus hijos. Se acudía allí a comprar un par de niñas como se compra una pareja de chivitos. La mejor edad para arrancar a las niñas de sus familias era a los ocho o nueve años. Nunca se les decía la verdad sino tan sólo que iban a hacer un viaje con personas muy buenas o algo por el estilo. Pero una vez llegadas a su destino se iniciaba inmediatamente su adiestramiento. Lo más urgente era extirpar su naturaleza infantil y quitarles las ganas de jugar, convirtiéndolas de la noche a la mañana en adultas. Claro que su suerte, a pesar de la crueldad de su destino, era variable, ya que todos los hombres no son iguales. Las compradas por personas bondadosas eran bien tratadas. Incluso, a veces, la joven esclava, al llegar a la edad de casarse, veía a sus amos prepararle el equipo nupcial y cubrirla de regalos. Pero también las niñas de Chaochow conocían muchas veces una suerte espantosa y sin remedio.

[...]

Esto no era una frase. Efectivamente, en Chaochow, si una esposa estaba convicta de adulterio era encerrada en una cabaña a la que se prendía fuego, y moría quemada viva. Aunque esto parezca increíble se practicaba todavía en casi toda China y nadie encontraba inadecuado tal castigo: antes, al contrario, parecía de lo más natural.

[...]

... si los viejos principios eran de una gran elevación, las viejas costumbres solían tener deplorables consecuencias...

12.8.06

El incierto futuro de los Hutongs de Pekín


Hace un par de días hemos regresado de un estupendo viaje por algunos de los muchos y bellos lugares que tiene España. Como tantos hacen en verano nosotros también hemos saboreado la gastronomía de los lugares que hemos visitado, admirado sus paisajes y charlado con sus habitantes. Se nos escapa a veces, que el tipismo de algunos sitios con su arquitectura popular tan ligada a la forma de vida que el viajero tanto admira suponían y en algunos casos suponen, una forma de vida incómoda y en ocasiones dura para sus habitantes que muchos de nosotros difícilmente soportaríamos durante mucho tiempo acostumbrados como estamos a las comodidades.

Comento esto porque ahora (ayer lo escuché en televisión pero ya hace tiempo que el tema es tratado en la prensa occidental) se están levantando voces contra la masiva destrucción de hutongs en Pekín con motivo de los próximos Juegos Olímpicos.

Los hutongs a diferencia de muchos de los lugares llenos de tipismo que al viajar nos gusta fotografiar están ahora llenos de vida y la mejoras materiales en las condiciones de vida de sus habitantes (aseos individuales y no compartidos, agua corriente caliente, etc) que supondrá el traslado de sus habitantes no compensan para muchos el cambio que supone vivir alejados del centro de la ciudad, del lugar de trabajo y el fin de las relaciones sociales que la cercanía física del hutong, con su calle estrecha sus patio comunal supone.

Yo vivo en una ciudad (Córdoba) con un casco antiguo muy bonito, que los turistas y viajeros admiran y fotografían pero que no tiene mucha vida (aparte de la que le dan los que lo visitan) En otro tiempo sus habitantes lo llenaban con su ir y venir , sus voces, sus olores. Ahora es otra cosa. Mi madre cuando niña vivía en una casa de vecinos como esas tan bonitas que se ven en el Festival de los Patios de Córdoba, con sus macetas, su pozo, pero también con su letrina común, su falta de cuarto de baño y las incomodidades propias de un lugar pequeño habitado por muchas personas. Conforme las familias prosperaron fueron abandonando los patios de vecinos, pero en China, con los hutongs de Pekín este cambio es por decreto y muchos están disconformes.


De las películas chinas que he visto La Ducha, de Zhang Yang refleja a la perfección ese fin de un modo de vida que el desarrollo de las sociedades va dejando atrás. No sólo es la historia conmovedora de las relaciones padre hijo , sino las relaciones sociales sanas que se producen en un entorno sin prisas que no es otro que los baños públicos en un hutong de Pekín que tiene los días contados ya que el barrio va a ser demolido y sus habitantes trasladados. Es lo que hoy viven muchos habitantes del centro de la capital de China.

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